El señor Simonnot
El señor Simonnot, colaborador de mi abuelo, almorzaba los jueves con nosotros. Yo envidiaba a ese cincuentón de mejillas de niña que se barnizaba el bigote y se teñía el tupé. Cuando Anne-Marie, para que durase la conversación, le preguntaba si le gustaba Bach, si le gustaba el mar, la montaña, si tenía un buen recuerdo de su ciudad natal, se tomaba cierto tiempo para reflexionar y dirigía su mirada interior hacia el macizo granítico de sus gustos. Cuando había encontrado la información pedida, se la comunicaba a mi madre, con una voz objetiva, saludando con la cabeza. ¡Qué hombre feliz! y pensaba que todas las mañanas debía de despertarse lleno de gozo, verificar, desde algún Punto Sublime, sus picos, sus crestas y sus valles, y luego estirarse voluptuosamente diciendo: "Sin duda soy yo, soy el señor Simonnot entero". Naturalmente, cuando me preguntaban a mí, yo era capaz de dar a conocer mis preferencias y hasta de afirmarlas; pero, en la soledad, se me escapaban; lejos de verificarlas, había que tenerlas y empujarlas, insuflarles vida; yo ni siquiera estaba seguro ya de preferir el filete de vaca al asado de ternera. Cuánto hubiera dado porque se instalase en mí un paisaje atormentado, unas obstinaciones rectas como acantilados. Cuando la señora Picard, usando con tacto un vocabulario de moda, decía de mi abuelo: "Charles es un ser exquisito", o "No se conoce a los seres", me sentía condenado y sin recurso. Las piedras de Luxemburgo, el señor Simonnot, los castaños, Karlimami, eran seres. Yo, no. Yo no tenía ni su inercia, ni su profundidad, ni su impenetrabilidad. Yo no era nada: una transparencia imborrable. Mis celos no tuvieron límites el día en que me dijeron que el señor Simonnot, esa estatua, ese bloque monolítico, además era indispensable para el universo.